Muchos entendemos que el amor y el respeto no deberían separarse, incluso, si se trata de cómo nos tratamos a nosotros mismos.
Mi padre siempre nos repetía, que uno debe cuidar sus cosas, y aún, se debía tener más cuidado cuando se trataba de algo ajeno. También, repetía frases como: "Ama a tu prójimo como a tí mismo" o "Siempre trata a los demás, como te gustaría que te traten ".Sé que todo es discutible, pero, con esas bases me crié, mi padre fue la persona más generosa que conocí, se desprendía fácil de lo material, cuando reconocía una causa justa. Lo he visto, justificar lo injustificable, poner excusas, o escuchar algún sermón de mi madre, por haber auxiliado en silencio, a una familia, o a alguna persona que casi no conocía. Él, tenía su carnet de donante universal, y en absoluta discreción, iba cada tres meses a donar sangre, sin recompensas y sin quejas.
Cuando falleció mi abuela (su madre), los compañeros de trabajo, le juntaron un dinero, para ayudarlo a sobrellevar la situación, y él, sin dudarlo, fue a un supermercado y me trajo muchas cajas llenas de mercadería con ese dinero, porque yo estaba pasando por una situación económica bastante complicada, y tenía tres hijos.
Él, siempre fue mi apoyo y mi ayuda incondicional. Muchas veces, me repetía, que yo era la única que lo entendía. Me callé muchas tristezas, porque no quería verlo mal, pero, él siempre lo sabía.
Sé que no tomé las mejores decisiones en mi vida y me consta que eso le producía mucho dolor, pero jamás me lo reprochó, solo escuché de su parte palabras de aliento. Entendía sin palabras lo que no decía, e intentaba rescatarme. Él sabía, que mis hijos y yo, estaba viviendo una vida que no merecíamos, y me decía, que quería alquilar una casa con alguna casita la fondo, para que pudiera vivir con ellos.
Con el tiempo, compró un hermoso terreno en La Falda, Córdoba y su sueño era construir dos casas, para podernos mudar allí, pero... no pasó, a los setenta años y tres meses, Dios lo reclamó, supongo que porque los ángeles deben vivir en el cielo. Fuí a su velatorio con un pantalón clarito y una remera blanca con florcitas, porque él detestaba que la gente fuera de negro o con colores tristes a los velatorios, siempre insistía en que los los que se iban estaban bien y supongo que no quería despedirlos con tristeza. Creo que mis tías me miraron mal, pero a mí no me importó, yo solo trataba de cumplir su voluntad.
Era una noche de verano, pero, un relámpago dejó toda la vereda iluminada, cuando a mi hija se puso a llorar sentada en la escalera y la dos vimos, como, de la nada, se largó a llover con una fuerza insospechada. Y pasaron muchas cosas inexplicables, pero, lo más reconfortante, fue escuchar, como cada pariente que entraba, decía una frase o un chiste de los que repetía él. Era de esas personas que hacía chistes por lo bajo, hasta en los velatorios... y así se fue.
Con su partida, nada volvió a ser igual, la familia se fue separando, mi madre ya no era la matriarca y mi hermana puso en evidencia muchas actitudes, que antes preferí no ver. Y sí, era muy obvio que él siempre fue el fuerte, el optimista, el que generosamente repartía méritos que eran suyos. Tanto es así, que yo no puedo evitar emocionarme hasta las lágrimas con solo recordarlo, porque no hacía falta explicarle nada... porque él no pedía explicaciones, solo se emocionaba, o se reía con nosotros.
No sé si es más común de lo que creo, pero, en mi casa, cuando hay problemas, se le pide ayuda al abuelo, porque sabemos que nos cuida. Yo repito constantemente sus frases, sus dichos, sus consejos y actitudes. En mis momentos más complicados, aparece en sueños y me calma. Él, siempre decía que no había que llorar por los muertos, porque ellos estaban muy bien.
Hoy, yo lo veo en mis hijos, y sí, también se parecen a su padre, pero, tienen esa nobleza, destreza y fina creatividad de su abuelo. Y, cuando los veo preocupados, o que la vida los acorrala, siento esa impotencia de quien quisiera poder evitarles todos los sufrimientos, pero, la vida lleva una justicia lenta y bastante amarga.
Mi padre me enseñó a amar de forma incondicional, sin segundas intenciones. Me enseñó, que solo hay que ayudar por el placer de poder ver a alguien mejor, pero jamás, por crearle una deuda o esperar recompensas.
Me enseñó, que nunca hay que matar al niño interior, que no hay vergüenza en reírse de tonterías en cualquier lugar. Aprendí, que los títulos, los galardones, o la clase social, no te hace mejor o peor persona, que eso se define por la nobleza, los valores y la humildad. Él le hablaba a todo el mundo con el mismo respeto y simpatía y no le daba miedo decir la verdad, incluso, si era incómoda.
Recuerdo, que se enojaba ante la falsedad, la traición y la injusticia. Que incluso,ofendido, perdonaba y daba segundas oportunidades.
Los pocos años que pudo ir al colegio y su facilidad innata para absorber conocimientos, le permitieron competir con personas que podían certificar los suyos con diplomas. Él, solo se compraba libros o miraba con atención, y sin que nadie entendiera cómo, incorporaba una nueva habilidad, con mucha idoneidad.
Sus libros de Cabecera, eran: un viejo libro de catequesis, porque creía fervientemente en Jesús, el Martín Fierro, donde José Hernández, despliega, en su poema gauchesco, crudos consejos y enseñanzas de la dura vida del campo y su época.
Le gustaba mirar las estrellas, y supongo que les inventaba los nombres, pero todo lo hacía con mucha pasión y entusiasmo. Un día, mirando las estrellas, me contó, que cuando mi hermanita mayor murió, miraban, con madre por las noches el cielo, y decían que ella estaba en una estrella rosa, que señalaba con su dedo índice. Realmente, nunca me interesó saber si era Marte, solo me quedé con su dulce y triste historia.
Conocía mucho de pájaros y le encantaba escucharlos cantar, por lo que en casa, siempre había una jaulita con un jilguero o un cardenal, como se usaba en esos tiempos, hasta que un día los soltó, diciendo que tenían que estar libres. Recuerdo, en una ocasión, en el campo de mi tío, me mostró un hermoso pájaro con plumas rojas y alas negras, me dijo que se llamaban bracitas, y no sé es el nombre oficial, pero era el que él había aprendido, y me quedé un rato observándolo, porque parecía una obra de arte.
De chica, pasaba muchas horas de mi vida conversando con él, en el taller que se había hecho en casa. Mientras escuchábamos la radio, me enseñaba el nombre de las herramientas, para qué se usaban, me contaba anécdotas, hacía chistes y cantaba. Desde los dos años, yo quería que mi mamá me hiciera un overol como el que usaba mi papá en la fábrica, porque él me había dicho que me iba a llevar para juntar tornillitos y yo le tomé la palabra.
Don Julio, fue un hombre anónimo para el resto del mundo, pero, en realidad, era inventor, poeta, artista plástico, cantor, fotógrafo, artesano, carpintero, electricista, constructor, optimista, luchador, alegre, bondadoso y un padre inolvidable.
Norma.

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