Hoy es jueves, y está nublado en Buenos Aires, aunque el sol es imposible de esconder, cuando las nubes dejan huecos indeseados, en su afán de ser protagonistas. Y sí, al sol realmente no le importa saber si lo vemos o no, él es, solo sigue con su rutina cíclica de expandir luz, hasta donde sea posible, hasta donde el cosmos diseñó su magnífica creación, que se despliega indiferente a los caprichos y a la incompleta percepción humana.
Algunos momentos de la vida son difíciles de atravesar, pero... muchas veces, no tiene que ver con la decisión del momento, porque implica un gran conjunto de factores internos. A través de vida, acumulamos mucha información, mandatos, creencias y conjeturas nacidas de momentos en los que actuamos por impulso o por excesiva quietud. Lo curioso de esto, es lo que nos ocurre frente a una problemática. Algunos nos miran sin entender por qué es tan difícil, y otros, no saben ni que opinar, porque les resulta dramático, lo que nos lleva a la conclusión, que el problema planteado no se podría evaluar desde afuera, sin la emoción que compaña a la persona que se siente en esa encrucijada de la vida.
Desde chica me fue inculcada la frase, "Nunca hagas lo que no quisieras que te hagan", pero... cada persona tiene ciertas restricciones con conductas que tolerarían o no, que posiblemente no coincidan con lo que uno consideraría imperdonable. Entonces... otra vez, se puede llegar a la conclusión anterior, la que nos demuestra que agrupar a personas dentro de patrones establecidos por una sociedad, que solo pretende ordenar a seres humanos, como quien ordena archivos, nunca va a tener la solución para cada individuo, solo clasifican por un modelo que permita que todo este en orden y que sea funcional a planes establecidos. De todas formas, es muy obvio, que el discernimiento y las decisiones son exclusiva responsabilidad de quien enfrenta esa disyuntiva.
En definitiva, desde siempre, mi único parámetro para tomar una decisión, se apoya en una pregunta... ¿Es necesario? Todavía la uso, pero, últimamente, le agregué un par más: ¿Quién se beneficia? y ¿Cuál es el precio? Y estas últimas, surgen de haber empezado a valorarme más.
La gente grita a viva voz, que hay que amarse, priorizarse y ponerse en primer plano siempre, y yo opino que eso roza el egoísmo. Hay ciertos límites que son tan finos como la capa de ozono, o un divisor de cristal bajo el agua. Los límites, generalmente son muy confusos, pero necesarios, aunque la dificultad principal, radica en poder ver con claridad, en distinguir, en cuestionar el ¿Por qué? y ¿Para qué? En estos casos, las preguntas anteriores me ayudan a decidir, y, aunque me equivoque en ocasiones, entiendo por qué lo hice y de ahí corrijo lo que mi inconsciente archivo mal, o se sometió a opiniones o enseñanzas equivocadas.
Lo más difícil de entender, es que la gente suele opinar desde la falta de emoción que motiva la duda, y tal vez, intentando ayudar, pero... esas soluciones no siempre son positivas. Todos confiamos en personas cercanas o en personas que sentimos que nos cuidan, pero... la trampa es darle la responsabilidad a esa persona de vernos fracasar o triunfar. En caso de fracasar, ni lo imagines, nadie va a ponerse en su espalda ese peso, van a decir algo como: ¿Por qué me hiciste caso? En el segundo caso, esa persona, no siempre va a querer cargar con el peso de ser tu amuleto de buena suerte, y si lo hace... ¡Ojo!, se probable que sea una persona manipuladora, que solo quiera tu obediencia para su beneficio.
Nunca fue fácil decidir con responsabilidad, porque el resultado es únicamente tuyo, para bien... o para mal.
Antes, la gente creía que personas más sabias debían decidir por todos, y solo porque algunos tenían acceso al conocimiento que dan los libros o la historia, y a otros, se le restringía esa información. La imprenta, le permitió al mundo descubrir lo que realmente contenía la Biblia y cualquier otro documento oculto, que otorgaba la autoridad de unos por sobre otros, y fue tan bueno en ese momento, como hoy es internet, aunque sabemos que los inventos no son malos en sí, todo tiene que ver con la intención con la que se usan.
A lo largo de la historia, y considero que no tengo los conocimientos suficientes, pero... entiendo, que el poder emborrachó a muchos de estupidez extrema, de caprichos sin sentido y un delirio constante, que los llevaba a cometer actos brutales o grotescos, en nombre de su supuesta superioridad.
Las torturas y las ejecuciones en la plaza pública, para aterrorizar a gente con ideas propias o para extirparles la dignidad. El derecho de preñada, o harenes de mujeres obligadas a someterse a la más vomitiva obligación de complacer al poderoso y expandir su genética repulsiva en cada mujer. Imagino que los gustos podrían ser variados, por lo que se deduce, que también se obligaba a hombres, jóvenes o niños, según el gusto o preferencia del demonio de turno, consentido por los cómplices obedientes a sus caprichos pestilentes.
Construyeron enormes fortalezas, castillos y palacios, tan imponentes como su ego inflado exigía. Todo se pagó con la vida de muchas personas y el sufrimiento permanente de muchos otros. Hoy, solo se aprecia la osadía de los arquitectos, muchas veces sacrificados, para que no revelaran los secretos de construcción y el exquisito arte con que plasmaron en detalles exclusivos, la perfección más esmerada .
No hace falta ser un erudito, para reconocer ciertos nombres que la historia del mundo destaca, desde los que han soñado con apoderarse de lo que hoy conocemos como Europa, los salvajes avances de ejércitos que habitaron lo que hoy definimos como Asia, con su historia documentada desde tiempos milenarios, sus artes de guerra, sus finas sedas y porcelanas, que el mundo apreció y a las que pocos tenían acceso.
La ambición desmedida, perturbó las mentes más brillantes, porque entendían como obtener más a cualquier precio y por cualquier medio. Muchos de ellos, ya son parte de la historia, sus nombres son manchas oscuras en los ríos de sangre que dejaron a su paso, como una plaga de langostas sobre los campos sembrados, y yo me pregunto... ¿Para qué? Nunca pensaron que su existencia limitada, esa que no discrimina entre vencedores y vencidos, se los iba a llevar un día con la misma neutralidad, con que se reciben todas las almas despojadas de sus cuerpos, de su apariencia, poder o riqueza. Cuando el juego termina, no hay forma de arrepentirse, más allá, de si existe o no un castigo después de la muerte, lo verdaderamente real es lo que dejamos, porque nadie se lleva nada, todo es prestado, es fugaz y es momentáneo. Lo que jamás se olvida, es el terror o el amor que provocamos, el personaje que elegimos ser en este escenario de posibilidades, el legado que escribimos con ejemplo, con responsabilidad, con el entendimiento de que venimos a aprender, no a someternos, no a sufrir, no a hacerle la vida fácil a quien no quiere hacer lo que le corresponde.
Norma.

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