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miércoles, 22 de julio de 2026

Caminando bajo la llovizna.

 Hoy, fue uno de esos días comunes y algo ocupados a la vez. Volvió el frío y el cielo se enturbió con un gris veteado, como los que amenazan con pichar una nube, para que al fin, suelte su potencial de convertirse en lluvia, como aguacero, o como finas líneas sobre superficies oscura, que desciende y  tiene la propiedad de cambiar el color a las prendas, desplegar un espectáculo de círculos concéntricos, en cualquier charco, o simplemente, apelar a ser susurro rítmico de agua sobre techos y aleros. 

 Con prisa, tome una bolsa, de esas que usamos para comprar mercadería. Avisé a mi hija que salía, solo para dejarla tranquila, porque ya lo habíamos hablado. El camino casi siempre es el mismo, conozco cada vereda y cada cruce de calle, incluso, dónde es conveniente cruzar, cuando la lluvia cubre alguna calle por la deficiencia de su drenaje. Conozco cada árbol nuevo, cada casa modificada a través de los años, vecinos que ya no están, familias con historias convencionales o de una toxicidad inimaginable.

 No soy la vecina que sale a conversar, aunque, alguna vez lo hice porque mis hijos eran chicos y la relación con las familias de sus amigos, era una forma sana de darles libertad y prevención a la vez. Todavía me cruzo con vecinos que eran tan jóvenes como yo, cuando llegué al barrio. Sinceramente, nunca pensé pasar una vida entre esas cuadrículas marcadas al momento de lotear esa extensión de terreno. Llegué a esta casa, con la promesa que solo hacen los que pretenden sacudirse la presión de lo que exige el progreso, pero bueno, esa fue una larga historia de engaños, manipulación y mezquino apego a la ley del menor esfuerzo.

 La historia de mis hijos se escribe en estas calles conocidas y temidas en algún momento, y no significa que sean seguras para caminar a cualquier hora o condición. Algunas normas básicas son respetadas por los vecinos que aún valoramos la dignidad del trabajo, y, aceptamos con cierta resignación las reglas del juego. Personas que no deberían formar parte de un grupo civilizado de gente, y a nadie le importa cuanto dolor causen, cuanto se burlen de las leyes, de principios básicos de cuidado y respeto, o de límites claros. 

 Entiendo que no todo depende de nuestra opinión o necesidad, pero... comprendo que no estamos en un mundo ideal, ni mucho menos.

 Necesitaba hacer unas compras, y caminé mis siete cuadras hasta nuestro centro comercial. Cuando ya estaba próxima a la puerta del supermercado, veo que un hombre joven, con expresión de sufrimiento, vestido de forma muy sencilla. Él se acercó al hombre que alcanzó la puerta de entrada antes que yo, y le dice algo en voz baja. Mi experiencia me dijo que pedía dinero, y, en el mejor de los casos, pedía comida. 

 Cuando me tocó el turno de ingresar, también se me acercó, y me pidió si le podía comprar una leche. Sinceramente, me conmovió, pensé que tendría un bebé que alimentar y recordé que se siente cuando te olvidas de tus necesidades, porque tus hijos siempre van a ser la prioridad en tu vida.  Realmente me tocó el corazón, y solo atiné a decirle que si me alcanzaba se la compraba, pero entré convencida de salir con lo que me había pedido. Recorrí las góndolas en busca de lo que necesitaba, pero antes de llegar a las heladeras, me detuve para observar si ese chico, que podía tener la edad de mis hijos, todavía estaba afuera, o tal vez, ya había conseguido que alguien más comprara la leche que esperaba.

 La imagen que apareció frente a mis ojos, fue realmente desgarradora, ese chico, seguía inmovil en la vereda, con la mirada fija en la vidriera del supermercado, pero ya había comenzado a lloviznar y él parecía no inmutarse. Entonces, me dí cuenta de la urgencia, tomé un sachet de leche entera, y me apuré para llegar a la caja lo antes posible. Guardé lo que había comprado, y puse la leche arriba, para tenerla más a mano.

 Al salir del supermercado, lo vi con la mirada triste y la firme decisión de no moverse de ese sitio, hasta no conseguir lo que necesitaba. Ni siquiera, me interceptó, como ya me había pasado en otras oportunidades. Saqué el sachet de mi bolsa y caminé hasta donde permanencia, a pesar de la espesa llovizna y solo atiné a alcanzarsela, vi como se iluminaba su mirada, me sonrió y me dijo, - Gracias, Dios la bendiga señora-. Yo no supe que decirle, solo me salió un: - No, esta bien, por favor- y se fue  caminando apurado. 

 En camino de regreso, bajo la copiosa llovizna, pensaba ¿Cuánto tiempo habra estado parado allí? ¿Por qué la vida es tan cruel a veces? Y me cuestioné, por qué no le había comprado más de una leche y por qué, automáticamente decimos que no podemos. Confieso que más de una vez, tuve miedo y no ayudé, porque se me activó ese sistema de defensa que nos previene de robos, estafas y cualquier forma de engaño, pero... después me arrepiento.

 Una vez alguien me preguntó, ¿Qué se siente cuando uno pasa hambre? Y, la verdad, ni ganas tuve de explicarle a esa persona insensible, que no le interesa entender lo grave de la situación, solo quieren demostrar que nunca pasó por ese trauma.

 Más allá, de tener certezas o no, lo que das, aunque no tengas mucho, te hace sentir mejor persona. No mejor que otros, sino, mejor de lo que eras un minuto antes de esa acción y si nadie te ve, mejor aún.

 Cuando alguien te engaña, no dice nada de tu grandeza, habla de la actitud del otro y lo mismo se aplica cuando te ofenden o te faltan el respeto.

 

Norma.

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