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lunes, 2 de noviembre de 2026

A PESAR DE TODO Capítulo 7 - "Nada era como creía" - Segunda parte

 Y sí, ahora reconozco el patrón, pero... no me culpo por no entender lo que sucedía. Yo era una menor emancipada, casada a los diecisiete años, por decisión propia... o eso creía.

 Así fue, llegamos a Mar del Plata un veinticinco de diciembre por la mañana. Paseamos, y fuimos a la playa con ese matrimonio, pariente de él, y su nene de casi dos añitos.

 Recuerdo que tuve que aguantarme los comentarios irritantes de este hombre, que constantemente, advertía a mi marido sobre el cuerpo de alguna chica. Mientras todo eso ocurría, ella, se reía o comentaba si le parecía que esa chica o señora, tenía buen cuerpo, o no... totalmente inaceptable.

 A pesar de sus desagradables comentarios, mi marido, no reaccionaba ni con gestos, porque sabía que yo lo consideraba una falta de respeto. Incluso, me mostraron a una chica de espaldas, que según ellos, le quedaba la malla como a mí... sin comentarios.

 Nosotros teníamos, por nuestra luna de miel, todo pago por diez días, pero, los días no eran lindos, y a ellos se les estaba terminando el dinero que habían reservado para sus vacaciones. Entonces, al quinto día, decidieron que iban a volver. Yo me enojé, porque nosotros teníamos que volver con ellos. Ya les habíamos pagado el combustible y otros gastos, porque pactamos quedarnos todos los diez días.

 Y así sucedió, él, que generalmente conseguía por insistencia lo que quería, no peleó, solo me dijo que no teníamos más dinero para volver de otra manera, y... a casa otra vez.

 Cuando llegamos a Buenos Aires,fuimos a visitar a mis padres, que se sorprendieron de vernos llegar a los cinco días. 

 Cuando quise saludar a mi hermana, mi madre me dijo que estaba muy deprimida, que se había cortado el pelo, pero como no le gustaba el corte y no quería salir. Así que, fuí a hablar con ella. Cenamos con ellos y nos fuimos a casa. Yo sentí ganas de llorar, se me abrió un gran hueco en el estómago de la angustia, es que los había extrañado mucho.

 Llegamos a la casa que habíamos alquilado antes de casarnos. Todo estaba impecable, yo me había encargado de eso. Él había comprado nuestro primer arbolito y un pesebre, del que conservo algunas piezas todavía. Esa noche fue complicada, porque la casa tenía un sótano clausurado, y cada tanto se veían bichos, que solo salían de noche. Así que, yo terminé quedándome dormida y él quedó alerta, exterminando cucarachas.

 El primer mes, transcurrió tranquilo, él se iba a trabajar al centro, temprano, y yo me levantaba un poco más tarde. Limpiaba, lavaba la ropa, planchaba, me hacía de comer y lo esperaba ya bañada y cambiada, todas las tardes a las 17hs. Él se duchaba y nos íbamos caminando de Devoto a Villa del Parque, donde vivía mi familia.

 Habíamos encontrado una verdulería que tenía buena fruta a bajo precio, y compramos a la vuelta, cuando íbamos a casa. Nos encantaba tomar licuados de fruta. 

Generalmente cocinaba él, y lo hacía bien, porque yo no sabía, ya que mi madre nos había moldeado para ser profesionales, no amas de casa, y suponía que ya tendríamos tiempo para aprender a cocinar.

 Él, me había regalado una perrita pekinés en el noviazgo, y, a pesar de que mi padre no quería perros en casa, porque había llorado mucho cuando murió su perro, decidió que eso no importaba, lo que generó una discusión. Ellos, finalmente, terminaron embobados con mi perrita. 

 Cuando me mudé, me llevé a mi Peki, pero, estaba triste y no comía, así que, me daba tanta pena, que se la dejé mis padres.

 Una tarde, estando en casa de mis padres, le comenté a mi madre que no me sentía bien, y que suponía que era porque habíamos estado comiendo mucha fruta, a lo que mi mamá respondió: _Si, claro, la fruta. Yo no entendí su cara de preocupación y fastidio, pero ella insinuó que podía estar embarazada y a mi me dió vergüenza.

 En ese entonces, no existían los test de embarazo, así que, tuve que esperar. Sinceramente, me asustaba más, pensar que no existía tal embarazo, porque desde los dos años, yo decía que iba a ser mamá y maestra.

 Una mañana, el despertador no sonó y yo me sentí culpable, porque él tenía un sueño muy pesado, pero yo, siempre lo escuchaba. Así pasó tres días seguidos y él me explicó que tenía que renunciar, porque lo iban a echar del trabajo, y no le iba a servir para darlo como referencia cuando buscara otro trabajo. Yo le dije que no, que vaya a hablar, que seguramente podían llegar a un acuerdo, pero no me escuchó, me dijo que yo no sabía como era eso. Yo no encontraba las palabras para explicarle a mis padres, y, terminó todo en llanto y vergüenza. 

 Muchos años después, supe que a la madrugada desenchufaba el despertador, porque ya había planeado todo para ese desenlace. 

 Pasaron los días, y mi embarazo quedó confirmado, mientras tanto, mi suegra se había ido con una pareja y nadie sabía donde estaba. Mi cuñado, de trece años, había quedado al cuidado de ese matrimonio que nos acompañó a la luna de miel, y mi marido lo trajo a casa. El chico tenía sintomas de rebeldía, al punto, de entrar a la habitación con mi marido para conversar, y cerrarme la puerta en la cara. Todo era un problema, no quería bañarse, no quería comer y todo se hizo cuesta arriba, porque ya no teníamos un sueldo para cobrar. 

 Mi madre no quiso que me haga los controles hasta los cuatro meses de embarazo, supongo que eran creencias antiguas, pero después entendí que era un riesgo. 

 A los veinte días de haber llegado mi cuñado a casa, mi marido, finalmente, encontró a su madre, que según argumentó, se fue enojada, porque él no le hizo caso, y se casó conmigo, lo que no me sorprendió, porque cuando me vió sola en el registro civil, me dijo con cara de enojada, que había hecho todo lo posible para que no nos casáramos. 

Después de tanta turbulencia, volvimos a quedar solos en casa, aunque, cada tanto, venía llorando para que mi marido la ayudará a encontrar a mi cuñadito, porque se le perdía... yo nunca entendí esa relación de madre e hijo tan tóxica.

 Durante el noviazgo, mi primo, me traía partes de aritos para armar, porque él estaba vendiendo bijouterie y no le alcanzaba el tiempo, ya que además, hacía llaveros labrados y trabajaba en plata con engarces de piedras semipreciosas.

 En base a todo lo que habíamos aprendido, vendió las alianzas y compró material, para dedicarnos momentáneamente a ese rubro. Todavía teníamos nuestros anillos de plata y los usábamos. Recuerdo que me dijo que los íbamos a recuperar... pero nunca sucedió.

 Con sus habilidades de vendedor, o de chamullero, encontró un local de bijouterie muy grande, en una zona muy comercial, que había perdido a su proveedor favorito, y nosotros, pasamos a replicar sus modelos, por pedido de la señora.

 Un tiempo después, perdió los papeles del auto, cuando se quedó dormido en el tren, y la única solución que encontró para rehacerlos, fue empeñar mis alhajas de oro, prometiendo nuevamente recuperarlas... pero tampoco sucedió. Yo me quedé con dos medallitas, pero, con los años, desaparecieron misteriosamente de mi casa, con un anillo de mi abuela y el cintillo de mi madrina.

Mi vida comenzaba a transformarse en una montaña rusa de emociones intensas, que de un segundo para otro, me llevaba de la esperanza a la frustración absoluta.

 Mi madre me acompañó a mi primer control de embarazo, y por supuesto, me retaron y me sugirieron, anotarme en un taller para madres adolescentes y un curso de "parto sin dolor'. 

 Así transcurrió mi embarazo, con deudas, con desacuerdos y con angustia. Por momentos, trabajando toda la noche, para poder entregar a tiempo los pedidos. Mis padres, nos ayudaron todo lo que pudieron, pero ellos también tenían muchos gastos.

 Ya habíamos vendido el auto, y mis padres, me sugirieron, que los últimos días de mi embarazo, los pasara en su casa, porque mi padre, siempre tenía el auto listo para cualquier emergencia. Mientras tanto, él venía todas las tardes a pasar un rato conmigo, y se iba.

 Un trece de Octubre de 1982, las contracciones se hicieron presentes desde la tarde, pero, yo sabía que podía ser una falsa alarma, porque, para la fecha probable de parto, faltaban quince días. Así que, tenía que terminar un pedido de aros muy complejos, y me lo tomé con calma. Mi madre no estaba en casa, y cuando llegó, me preguntó cómo estaba y le conté, pero ella me dijo que si fueran contracciones reales, no podría ni hablar del dolor. Me ofreció comida, pero no tenía hambre, por lo que insistió con una sopa, y acepté. 

 Como a las 22:30hs, las contracciones llegaban más seguidas, y mi madre, me dijo que teníamos que ir a la maternidad por las dudas.

 A mitad de camino, el auto dejó de andar, mi padre bajó y se había roto una manguerita, creo. En la desesperación, corrió siete cuadras, buscando una estación de servicio, pero no tenían lo que necesitaba. Mi madre estaba en pánico y yo intentaba calmarla.

 Mi padre, no quiso alarmarme, pero, asustado, tocó timbre en una casa que tenía un auto parado al lado frente. Para nuestra sorpresa, un señor salió, escucho a mi padre, lo ayudó a arreglar el problema, su familia también salió, y después de mucho agradecer, mi padre puso en marcha el auto. Cuando nos estábamos yendo, el hombre dijo: _ ¡Qué sea un varón! 

Por un tiempo, mis padres buscaron esa casa para llevarles un regalo de agradecimiento, pero no pudieron encontrarla nuevamente.

 Ya en la maternidad Sardá, rompí bolsa y me llevaron a la sala de preparto, donde varias mujeres gritaban y las enfermeras intentaban que se calmen, supongo que éramos unas ocho mujeres en la sala. Me pusieron goteo para acelerar la dilatacion y me dejaron allí, entre los gritos y una luz tenue. Al rato, empecé a sentir que mi bebé hacía fuerza para salir, y se lo dije a una doctora que entró a la sala, ella me hizo tacto, y me dijo que faltaba. Yo intenté mantenerme en calma, pero los dolores eran fuertes y me dió miedo y sentí un sabor  amargo. 

 Un tiempo después, entró un médico y me revisó, pero, se iba sin darme importancia, entonces, yo lo tomé fuerte del brazo y sentí como las lágrimas caían tibias por mis mejillas. Creo, que le dió pena y me dijo que iban a venir a buscarme para llevarme a la sala de partos.

 La figura de un enfermero alto y corpulento trayendo una camilla, me pidió que lo ayude a pasarme a la camilla y me llevó muy apurado por los largos pasillos fríos y blancos de la maternidad.

El enfermero, me preguntó que edad tenía, le dije que tenía dieciocho, pero no me creía, decía que parecía de quince. 

 Ya en la sala de parto, las enfermeras me ayudaron a pasarme a otra camilla, mientras llegaba el médico que iba a atenderme. Me pusieron algo para monitoriarme los latidos, me tomaron la presión, que estaba bastante alta, y comenzaron. Cuando levanté la vista, un grupo grande de estudiantes, me observaban a través de una ventana y una puerta vidriada y tomaban nota. Por supuesto que eso me disgustó, pero nadie estaba esperando que los autorice, así que me concentré en hacer todo lo que me pedían. 

 Es algo extraño, y no sé si todas las mujeres lo sienten igual, pero, el esfuerzo de pujar y el dolor que lo acompaña, se siente como estar muriendo, mientras tu hijo nace. 

Mi hijo nació con la boca hacia arriba, y otro médico que estaba ahí, corrió a buscar un sorbete, y le absorbió el líquido amniótico de su boca, para que no vaya a sus pulmones.

Mi bebé nació con 3,250 kg a las 12:02hs. de la madrugada del catorce de Octubre. Después del chequeo del pediatra, nos llevaron a los dos a una sala de diez camas, cada una con su cunita al lado. Al salir de la sala de partos, el enfermero que me había llevado, le decía a otros: _ ¡Mirá, parece una nena con su muñeco!

Y allí quedamos, en una sala grande, con las luces apagadas, y solo la iluminación del pasillo, nos permitía ver que teníamos alrededor. 

 Pasar esa noche fue difícil, porque mi bebé lloraba y yo intentaba calmarlo o alimentarlo, pero, estaba asustada y muy cansada, lo que me provocaba mucha angustia y cada tanto las lágrimas volvían a caer.

 Mi marido, se enteró al día siguiente, cuando fue a visitarme a la casa de mis padres, ya que no teníamos teléfono de línea y los celulares no existían.

 Mi familia vino en el horario de visita para conocerlo, también llegó mi suegro con flores y el flamante papá, que quien sabe que habría estado haciendo, mientras yo pasaba una de las pruebas más difíciles de mi vida.

 Hasta que me dieron el alta, vi como una madre abandonaba a su hermosa bebé, y según dijeron las enfermeras, tenía antecedentes de haber abandonado a otros. 

El día que nos fuimos a casa, sentí alivio, porque ya no me iban a levantar a las seis de la mañana, abriendo las ventanas "para ventilar" y para que se sequen los pisos, porque las chicas que limpiaban, hacían sus tareas, mientras nos preparábamos para la revisión diaria de los médicos por las salas.

 El primer mes de mi bebé, fue complicado, porque no descansaba, siempre tenía hambre, y yo, con mi depresión postparto, hacía lo que podía. La pediatra, le mandó como suplemento, agua con glucolin, porque, supuestamente, yo debía esperar veinte días, antes de recurrir a una leche de fórmula. La solución, según ella, era que yo aprovechara a dormir, mientras dormía mi bebé, pero él se despertaba cada quince minutos o media hora, durante todo el día y la noche. Todo era una locura, yo era un zombie caminando por la casa, lavando pañales y olvidándome de comer o de ir al baño, hasta que, al mes, mi hijo no subía de peso, y la pediatra a regañadientes, me dió la razón. La primera mamadera que tomó, lo hizo dormir por siete horas, y nos asustamos. Recuerdo haber comprobado si respiraba, cada media hora. Pero... yo nunca más iba a pasar por todo eso. Tal vez, para un médico, hablar de veinte días de espera es válido, pero en la práctica, es aterrador.

 Y sí, todo fue difícil, y a él solo le había preocupado que yo me mantuviera delgada, y a los seis meses, yo estaba nuevamente en mi peso y no podía entender que fuera tan egoísta.

 Mi madre me decía que los hombres tardaban mucho en madurar, y yo puse mi esfuerzo en esperar ese momento, lo que ella no me dijo, es que algunos jamás maduran, solo se pudren con los años.


Norma.

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