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jueves, 2 de julio de 2026

Héroes anónimos

 


 Yo tengo un sueño, que nada tiene que ver con lujos o poder, ni siquiera ambiciona reconocimiento. Mi ilusión es que podamos entender lo que somos, que solo somos una existencia, una experiencia con propósito, un grano de arena en la extención imposible que determina la tierra. 

 La humildad de un ser consciente de su valor, como un humano único, con un código confeccionado a medida, como un sublime creación hecha por las manos de un artesano, que diseña con perfección, una estructura acorde a la historia por vivir en este alucinante viaje.

 No somos lo que se pudo, no somos un rejunte de huesos y músculos, lo que quedó... lo que había. Somos una construcción de ambiciosa perfección, más allá de los que parecen cargar con estigmas tristes y pesados. Personalmente, desearía que nadie sufra, pero no puedo torcer esos destinos, tal vez, tengan una enseñanza que no alcanzo a comprender.

 Las comunidades aborígenes, tienen una sabiduría innata, pasada de generación en generación, que pudo haber sido perturbada con el paso de los siglos, con las reclusiones involuntarias en lugares asignados, y muchas veces, sometidos a poderes insensibles, que no reconocieron el espacio ganado por sus ancestros, que aprovecharon su firme convicción de que la tierra no les pertenece, que es el cuerpo mismo de madre tierra, que abre sus brazos para cubrirlos y alimentarlos, en un suelo amplio y compartido. 

 Como el humano real no se percibe de acuerdo a esos parámetros establecidos por modas pasajeras y vacías, muchas veces, pasan desapercibidos y nos quedamos con la sensación engañosa, que se nos traduce en forma automática, que no se puede hacer grandes obras, sin poder o sin dinero, aunque muchos veamos que muchos de los que tienen esas herramientas a su dispocisión, montan un show de generosidad, que nada tiene que ver con una buena intención, generalmente, es marketing, para mantener una imagen... una fachada de humanidad inxistente. Y esto no tiene que ver con una clase social, porque en las clases más bajas, también existen estos personajes, que jamás entregarían nada, sin reconcimiento o a cambio de favores indebidos. 

 Nunca hablo de religión, de clases sociales, de etnias, de belleza, de poder o de éxito, solo felicito y celebro lo logrado con honestidad, sin pisar cabezas, estafar, o abusar de la desesperación ajena. De esto, me surge una impotencia, que gestiono con fe en el futuro, en los chicos que mañana abriran el mundo a una nueva perspectiva. A estas generaciones que hoy crecen algo presas de la tecnología, pero que les permite visualizar, una dimensión amplia del sentir y actuar más global, que ya no puede esconder sus horrores bajo la alfombra, ni su brutal forma de someter. Pero... también comprenden que no todo es malo, que aman a los animales, que entienden que no hay un solo camino para la paz y que la violencia que nos marcó el pasado, como única forma de poseer y colonizar, no es salida para una un mundo mejor.

 Siempre sueno como una ingenua, que parece no dimensionar las complejas trabas del mundo actual, y tal vez lo sea, pero prefiero transitar ese camino de esperanza, a caer en el facilismo de la resignación y la aceptación más destructiva.

 Soy consciente, que muchos nos sabemos que hacer ante el dolor ajeno, y otros comprendemos que, en algunos casos, lo que viven algunos humanos, tiene que ver con la consecuencia de sus actos, y no deberíamos intervenir como salvadores, pero... sabemos que en el mundo, mucha gente muere de hambre, frío, enfermedades o como víctimas de una violencia concensuada por seres que olvidaron que el karma existe y que no se trata de escaparse a lugares exclusivos o de vivir en zonas vigiladas, porque la justicia que no se puede sobornar, llega sin hacer ruido y sin aviso.

 Si tuviera el poder, me encantaría recuperar a esas personas valiosas que se mezclan con los que ya no tienen vuelta atrás, esas, que viven bajo un puente, o duermen en la vereda, tapados con una frasadita, que no tiene ningún poder de salvarlos del frío intenso, del peligro de la noche... o del hambre. He visto gente, armando carpas con retazos de algún material, lavando como pueden las pocas prendas que poseen y poniéndolas a secar al sol, vi gente, dibujando macetas en las paredes del lugar donde duermen, simulando un patio con flores, y me llegó al corazón. Pude ver gente acomodando sus cositas, como manteniendo el orden que pudieron haber cuidado en sus hogares. Incluso, pude ver en pleno San Telmo, una familia que vivía bajo un árbol del Parque Lezama, y él le reclamaba a su esposa, que no tenía las cosas ordenadas... ¡De locos! Algunos, hablan con mucho respeto, otros, como si fuera una obligación ayudarlos y los restantes, están tan perdidos, que cruzaron demsiados límites, como para tener acceso a algún tipo de regreso.

 Lamentablemente, no todas las personas en situación de calle, están en este plano de realidad, algunos ya no cuentan con la cantidad de neuronas necesarias para vivir en sociedad, y su espeluznante realidad, no coincide con nada que podamos razonar.

 Cada vez que mis ojos se cruzan con estas personas que intentamos ignorar, por miedo, por impotencia, por dolor o por indiferencia, me pregunto como se llega a esa instancia, aunque es fácil deducir algunos caminos que conducen a ese destino, que parece no tener retorno. Pero... es sencillo imaginar algunos casos de separación, donde alguno de los dos no tienen familia o recursos, donde un despido, no te permite pagar otro día en la pensión, o el cruel final, de quien encuentra en los vicios, una forma de llenar vacíos, o incluirse en un grupo, que condiciona su pertenencia. Incluso, algunos eran profesionales, personas con propiedades y familias tipo, y lo sé, porque algunos testigos dan testimonio de que fue así.

 Y de todo esto, lo que más me duele, son los niños, con su vulnerabilidad expuesta al infierno interior, de seres que perdieron sus almas en lo perverso de su vibración de inframundo, donde los pensamientos macabros, la lujuria y el descontrol, los convierten en demonios desatados, ciegos, dementes y brutalmente apartados de su destino... como marionetas grotescas, de quienes se alimentan del caos y del miedo ajeno.

 ¿Y qué se hace? Realmente no lo sé, supongo, que mientra exista una justicia que se corrompa en los rancios códigos del poder, va a ser difícil, pero... la vida es sabía, y sabe como desaparecer toda esa podredumbre diceminada por el mundo... Bendita la muerte que nos iguala, decía San Francisco, y aunque no creas en santos, la frase es contundente ante la idiotez de los que se creen semidioses.

 Tuve la suerte de conocer gente buena, sin distinción de círculos sociales o estúpidos condicionamientos. Supongo que la salida, es el trabajo hormiga de los héroes anónimos, esos que no salen en los medios, ni en las redes sociales, los que no reciben aplausos, placas de reconocimiento, premios o trofeos, y aún así, siguen con su tarea silenciosa, avanzando y dando el ejemplo sin discursos largos y tediosos.

 Esa persona que te regala su tiempo, entendiendo que nunca más lo recuperará, el que te pasa la sube, porque no podrías viajar, sabiendo que nunca recuperará su dinero, el señor de la verdulería donde voy a comprar, que solo carga cajones, y acomoda la mercadería, que da la sensación que no tiene hogar y que no se alimenta bien, pero es super respetuoso y siempre intenta ayudar, sugiriendo la mejor elección en el autoservicio. El señor que nos ayudó a tres mujeres que intentábamos levantar a un señor ciego que pisó mal las escaleras y se cayó, el señor que protegió con su cuerpo, a mi hija cuando esperaba el subte, y una manifestación de violentos, avanzaban sin medir como, el señor que estaba arreglando su casa y cuidó a mi otra hija de un pervertido que la seguía en un auto. La señora que venía todas las tardes a acompañarme, cuando estuve internada, uno de mis hijos, cuando corrió a ayudar a un hombre que estaba siendo golpeado por su hijo, mi otro hijo, llevando en brazos a un chico discapacitado por las escaleras, o mis hijas intentando ayudar a personas o animalitos, mi vecina, asistiendo a veinticuatro perros de la calle y cinco gatitos, la señora que me corrió con la bici, para alcanzarme algo que se me había caído, el chico de la fiambrería que dejó solo el negocio, para alcanzarme las aceitunas que me había olvidado... y muchísimas anécdotas más.

 Esos héroes anónimos, son los que siembran desde el ejemplo, con paciencia, con nobleza y con honor, las semillas para una nueva humanidad, esa, que nos verá como salvajes, como seres de plático, hipnotizados por las apariencias siliconadas, que cambian tiempo vivido, por grotezcas máscaras construídas en la competencia y egocentrismo. Pero... esos frutos que alimenten la ilusión de reconocernos como almas luminosas, habrán sido sembrados por estos héroes anónimos que se resisten a la degradación y a la indignidad, desde el silencio, desde el anonimato, desde las carencias o desde la abundancia, pero enalteciendo el valor de la vida y el increíble milagro de la existencia.

Norma.

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