Sin lugar a dudas, este es el capítulo más largo y complicado de mi vida, por eso dudé mucho, si era necesario resumirlo en letras, pero, también imaginé que si alguien pudiera cambiar algo en su vida, a través de este relato, valía la pena exponer lo vivido.
Todo comenzo en 1979, un fin de semana antes del día de la Primavera. Mi hermana tenía un novio, y me invitaron a ir a bailar, a San Jorge, el lugar al que siempre íbamos. A mi me gustaba mucho bailar, aunque no lo hiciera en forma llamativa, solo era escuchar la música y permitirle a mi cuerpo moverse, no como expresión corporal, sino, con suavidad, pero con pasos que se usaban en ese momento. En conclusión, yo bailaba toda la noche, muchas veces con diferentes chicos, pero al otro día, había perdido un kilo.
Recuerdo esa noche, había bailado con un chico alto, pero medio torpe para hablar y algo no me hacía sentir en confianza, así que, cuando empezaron los lentos, le dije que estaba cansada y él se fue. Nos habíamos sentado y yo explicaba a mi hermana creo, por qué había dejado de bailar. En eso, alguien me preguntaba si quería bailar, y yo, medio fastidiada por lo sucedido, le dije que no, sin siquiera verlo, pero el insistió negociando, o regateando la cantidad de tiempo que me estaba pidiendo, y al final accedí y esa fue la primera vez que lo vi. Él era muy alto y muy delgado, cabello castaño oscuro y ojos marrones claros, con una aureola azul, alrededor de la pupila y, sinceramente, no vi todos los detalles en ese momento.
Yo no lo supe en ese momento, pero él, y un grupo de amigos, hacían apuestas, apostando a quien podía besar más chicas en una noche... totalmente reprobable, pero, real.
Un tema lento, que no recuerdo ahora, sonaba de fondo, y él con mucha delicadeza, me tomó de la cintura y con su otra mano, tomó la mía, y la apoyo su mano en su pecho. Yo tenía tacos altos y muy delgados, pero sabía hacer el equilibrio necesario. Así llegó la primer prueba, era otro de sus filtros, para divertirse, supongo. Él, no bailaba los lentos, de las dos o tres maneras tradicionales, él tenía coreo propia, con pasos complejos y giros rápidos. Para su sorpresa, yo podía seguirlo, entonces, me confesó esa vez, y nunca lo negó, que era la primera vez que alguien podía seguirlo.
Bailamos un rato, y después, quiso ir a la barra a tomar algo, él, se pidió una gaseosa y yo lo acompañé, recuerdo, que tenía un jean azul y una camisa de manga larga azul, con unas florcitas blancas casi imperceptibles. Siempre se arremangaba las camisas de manga larga, no usaba manga corta. Ambas prendas eran de una marca, que yo no podía comprar. Él activó su fase de galán con mucho verso, y, antes de terminar la noche, concretamos una cita para el día siguiente, a tres cuadras de mi casa y en un horario diurno, autorizado por mi madre.
Al día siguiente, me prepare, con todo el nerviosismo que proponía mi timidez y la incertidumbre de saber que pasaría. Me paré en la esquina comercial que acordamos, y esperé unos cuarenta o cincuenta minutos, pero él no llegó, entonces, volví a casa, medio triste.
Y así, llegó el día de la Primavera, y una vez más, mis compañeros de colegio, me invitaron a Palermo, pero... una vez más, no quise ir. Ese año, mi hermana aceptó una salida con sus compañeras, y yo me iba a quedar en casa, pero, mi mamá, recordó que en San Jorge, habían anunciado un baile especial de Primavera y me dijo que si quería, ella me llevaba. Aclaro, que era en el único lugar donde iban algunas madres a acompañar a sus hijas y el requisito era ocupar una mesa y consumir algo, pero, no iban a bailar, solo acompañaban, porque yo tenía quince años y era obviamente menor, aunque nadie se daba cuenta.
Cuando subo las escaleras, lo veo a él parado al final de la escalera con una rosa en la mano, que le había pedido a una persona que repartía rosas para las chicas. Sí, todavía lo recuerdo, fue como una escena de película.
Lo que me impactó, era lo alto que era, a mí siempre me habían gustado los chicos altos, de pelo y ojos oscuros, y delgados. Además, era muy cuidadoso y atento a los detalles. Él se mostraba muy seguro, evitaba los lugares de conflicto y hablaba bonito.
Después de saludarnos y apurarse por pasarme el teléfono de su trabajo, me preguntó, por qué no fuí a la cita, y yo le dije que sí, que yo lo había esperado, pero no lo ví. Analizando la escena del desencuentro, entendimos, que yo lo cité al 2.000 de Nazca, pero era a la altura que vivía anterioriormente, y por eso la confusión. En definitiva, estuvimos esperándonos casi una hora a una cuadra de distancia.
Así comenzó esta historia, él tenía dieciocho, y yo, quince, pero en esa época, la mayoría de edad, era a los veintiuno. Aunque, de todas formas, a mi madre le preocupaba que me diera vuelta como a una media.
Y sí, supongo que mi madre tenía razón, él tenía calle, una vida que se había complicado cuando aún era muy chico, una familia conflictiva, al borde de la violencia y un ego inflado, para sobrevivir.
Me costaba entender sus derroches, en mi casa, se cuidaba y valoraba cada peso, porque era el fruto del esfuerzo de mis padres. Él era muy soberbio, yo le decía agrandado, pero tenía una parte sensible que me conmovía, aunque todavía no sé cuanto de todo eso era cierto.
Tuvimos un noviazgo complicado, en cuanto al entorno, pero divertido para lo que compartíamos. Yo admiraba su audacia y él se reía con mis tonterías, mi humor inocente y mi transparencia. Íbamos al cine, a comer pizza, a bailar y caminábamos por horas, mientras nos contábamos anécdotas o planeábamos un futuro.
A los diez días de estar saliendo, fingió no sentirse bien, para entrar a mi casa y entrar en mi mundo, aunque comenzaron los choques con el novio de mi hermana, que a esta altura, se consideraba local. Todo llegó a un punto muy complicado, y solo volvió a una supuesta tranquilidad, cuando ellos terminaron su noviazgo.
Llegó su momento de ser sorteado para hacer el servicio militar, y ahora entiendo, que por ese motivo me pidió matrimonio. Los casados quedaban afuera del reclutamiento. Yo lo tomé como un acto de amor, pero todos se opusieron y se fue posponiendo durante dos años y medio.
Recuerdo la noche anterior a presentarse en Ciudadela, para comenzar la instrucción, se quedó en mi casa y pasamos toda la noche conversando en la cocina, mientras él lloraba, porque decía que me iba a extrañar. Y... obvio que no era eso, él sabía que no era un lugar donde se pudiera manipular a nadie, pero yo trataba de consolarlo y me quedé acompañándolo, aunque mi madre se enojara con razón.
Abusando siempre de su buena fortuna, fue ubicado para prestar servicios de mantenimiento en canchas de tenis del círculo de suboficiales, llevar recados, e incluso, gestionó la incorporación de puestos de una conocida gaseosa para un evento militar.
Yo cursaba tercer año cuando nos comprometimos, mis compañeros me decían que estaba loca y otros se sorprendían de ver que me esperaba en la vereda de en frente del colegio, incluso, llegaron a decirme que tenía buen físico.
En las vacaciones, volvió a hablarme de casamiento, y pensamos en casarnos en septiembre, para la Primavera, pero, como en ese entonces, no se admitían chicos casados en el colegio, no comencé cuarto año. Todo esto, dió paso a una guerra de estrategias y reclamos cara a cara de nuestras familias, pero al menos yo, resistía como podía a esas embestidas.
A mitad de año, aproximadamente, él, cambió el discurso y propuso casarnos en Diciembre, mi madre rescató la coincidencia con su aniversario de casamiento, y supongo que fue para ganar tiempo, aunque el año de colegio, ya se había perdido.
Indudablemente, él había nacido con el regalo de saber como abrir puertas a su antojo, aunque, generalmente, lo usaba para caprichos, y no, para avances en su vida. Así, consiguió en tiempo record, fecha para el civil y nosotras nos encargamos de la Iglesia y el vestido. Mis padres ponían la casa para la reunión, y se encargaron de mejorar las condiciones de paredes y pisos. ¿Qué hizo su familia? Le compraron un auto, impulsándolo, a salir y levantarse chicas. ¿Qué estuvo mal? Supongo que todo.
Quería comprar una casa con terreno grande, a pagar en cuotas, pero...mi madre no quiso, porque quedaba lejos, así que, fuimos a alquilar en el barrio más próximo.
Unos días antes de alquilar, me propuso posponer el matrimonio hasta Marzo, y yo me puse furiosa, por todo lo que habíamos pasado y el año escolar perdido, así que, me casé un veintitrés por civil y un veinticuatro, por Iglesia.
Nos casamos a las 20:30hs. Mi padre tenía el auto listo, tardamos un ratito en acomodar el tocado y los nervios no ayudaban. Al subir al auto, perforé con mi taco, el volado de organza del vestido de mi madre, que había remodelado a mi gusto, y tal vez, eso fue el primer indicio. El sacerdote, aceleró la ceremonia, porque no se acordaba haber tomado un casamiento, en el horario en que tenían que tener los ensayos para la misa de noche buena. Mi suegra, se vino con vestido largo y una rosa enorme en el pecho, cuando habíamos acordado lo contrario. Mi madre, pidió que cantara el Ave María, una monja que emociona por su voz... pero yo solo escuché la música.
Solo estaban ocupados los dos o tres primeros bancos de cada lado del pasillo principal, porque no todos vinieron a la Iglesía y, mi hermana lloraba desconsoladamente,mientras mis tías, intentaban consolarla. En el atrio, nos vinieron a saludar, y un tío, me desacomodo el tocado del pelo.
Mi suegra, llevaba unos años separada y llegó con su nuevo novio y cuatro amigos, que no habíamos tenido en cuenta y se tomaron hasta el agua de los floreros.
Para frutilla de postre, él, estaba sin dormir, porque le había gustado como le había quedado el pelo y no se quiso acostar, para no despeinarse... o eso dijo.
Nuestro hotel para la Luna de Miel, nos esperaba en Córdoba, según las políticas de sindicato, pero... él, fue a insistir durante un mes, para que nos den ese beneficio en Mar del Plata, y como siempre... lo consiguió. Nunca ahorró nada y no compró nada. Mis padres y su padre, nos regalaron un dinero que administró él, y, como siempre, no alcanzó.
Fuimos a Mar del Plata, en el auto de una pareja que tenía un nenito y eran de su familia, porque tenían descuento en la estadía del hotel, por medio de nuestro beneficio.
Él, fue todo el viaje durmiendo adelante con su pariente, y yo atrás, con su mujer y su hijo. Al pasar el cartel de Bienvenida, alguien lo saluda, y él nunca había viajado a esa ciudad. Y así fue como siguió, él, conocía a muchísima gente, algunos lo apreciaban y otros dudaban de todo lo que les decía, pero... yo iba a tardar muchos años en entender ese patrón de tira y afloje, sus mentiras, sus estrategias y lo peor... asumir, que tal vez, jamás me entere de todo lo que fue capaz de hacer, mientras me decía que me amaba y me juraba todas las noches que nunca me iba a engañar.
Él, era muy bueno en los deportes, jugando a las cartas, aunque lo acusaban de hacer trampa, pero nunca lo pidieron probar. Jugaba campeonatos de pool y villar y le encantaban los desafíos.
Tenía la capacidad de llevarme al límite del enojo y decirme que me calme, que me iba a hacer mal, o venir llorando a decirme que nunca quiso hacerme daño, que no se acordaba de lo que yo le decía, pero me pedía perdón, porque me amaba y no me quería perder. Que él tenía mal carácter, que tenía que entender que solo era eso. Con un abrazo y poniendo la pava para su mate y mi té, finalizaba su exposición y pasaba a otra cosa.
Y todo eso no es gratis, la vida es un boomerang y él no se fue sin encontrar la horma de su zapato... pero, eso será una segunda o tercera parte.
Norma.













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